Manos que plasman música

A pesar de grandes percances debidos al atraso del avión que los traía, el tráfico infernal de Guayaquil a esta hora, los músicos cumplieron a cabalidad con lo previsto gracias a una perfecta organización de la Sociedad Femenina de Cultura. A su llegada, pudieron saborear platos de frutas nuestras, reconfortarse con bebidas calientes.

El director Alexander Titov tuvo la gentileza de recibirme a solas en su camerino pues yo quería conocer su posición frente a la música contemporánea. Le hablé de Messiaen y Penderecki, coincidió plenamente, mostró escepticismo frente a lo que llamó “experimentos de laboratorio” (se refirió, presumo, a Stockhausen y Pierre Schaeffer entre otros).

Le pregunté si podría imaginarse dirigiendo los 4’33 de silencio total de John Cage, contestó brevemente I might dont direct something like that (No podría dirigir algo así). Cuando le hablé de las brillantes sonatas para piano de Mosolov lamentó que no se interpretara más internacionalmente la música de él, pues compuso ocho sinfonías pero solo se promociona su trillada obra Fundición de Acero. Titov ha dirigido diez de las quince sinfonías compuestas por Shostakovich. El bis que ofrecerá con mucho humor precisamente será el Tango de la suite The bolt de aquel compositor.

La noche se inicia con la obertura de Glinka (Russlan y Ludmila) tocada con demasiada frecuencia en Guayaquil pero definitivamente tentempié ideal, corto (5 minutos), brillante para abrir un programa. Maxim Mogilevsky, a continuación, es el solista para el primer concierto de Tchaikovski. Lo interpreta muy a la manera rusa es decir con profundo sentido de los matices, yendo del forte al pianísimo, cierto dramatismo, intensa sensibilidad. Quizás por ello me gusta la forma que tienen los rusos de tocar a los barrocos.

Se luce particularmente Mogilevsky en el romántico andantino pero se desata brillantemente en las dificultosas octavas del último movimiento, se muestra algo teatral en sus previos ejercicios manuales, expresiones corporales cuando solo interviene la orquesta pero nos brinda una excelente interpretación, recibe una ovación.

La cuarta sinfonía merece mención muy especial. Ahí se entrega la orquesta en lo mejor que pueda ofrecer. El mismo compositor escribió a su amiga y mecenas Nadja Von Meck lo que pretendía expresar en su obra. El principio, fanfarria de metales, es dramático con aquella llamarada con la que se inicia también la quinta de Beethoven o el primer concierto para piano de Liszt.

Alexander Titov dirige con las manos, palmas hacia arriba o hacia abajo, dedos abiertos o mano cerrada, juntando índice y pulgar, marca el ingreso de cada sección o solista, balancea ambas manos, acompaña con movimientos de su cuerpo plasma la música, la moldea. Se advierte una complicidad total con los músicos, resultado de múltiples ensayos. Titov, consciente del fatalismo del compositor, se muestra muy expresivo en su conducción. Las cuerdas sometidas a un frenético virtuosismo siguen cada indicación.

En el andante (“melancolía del atardecer” según el compositor), la melodía iniciada por el oboe, luego por los violonchelos y el fagot es casi quejumbrosa, llega hondamente al alma. El tercer movimiento, algo obstinado, resulta inesperado con sus continuos y velocísimos pizzicati “imágenes que pasan por la mente, pues no nos sentimos ni alegres ni tristes” escribió Tchaikovski. Fue ejecutado con excepcional maestría.

El último movimiento es un alegro con fuego como el de la novena de Dvorak. El ambiente se volvió festivo, dinámico, triunfante (“si no encuentras en ti motivo para alegrarte, mira cómo se divierte la gente” había escrito el compositor). Corona brillantemente la obra. Leí que en San Petersburgo, en 1878, tuvo la orquesta que repetir el famoso scherzo de los pizzicati. Fue un acontecimiento. Aquel concierto en el Centro de Arte fue un hito importante a pesar de todas la dificultades que marcaron su organización.

Auspiciantes
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